Sos Kuka...
Kuka palabra peyorativa que se utiliza para identificar a los militantes kirchneristas que es un derivado de cucaracha. Una sola palabra para mostrar desprecio y explicar lo malo que sucede en la realidad es por los que defienden sus ideas. Es lo mismo que hicieron los nazis con los judios en el Holocausto, lo que terminó en un genocidio. La Justicia concluyó que los discursos de odio fueron la principal causa del intento de asesinato de Cristina Kirchner. Con esa palabra todos los que se identifican con otro tipo de ideas que consideran contra la agenda Woke, se creen con el derecho de denostar e identificar a una persona descalificandola, de esta manera es más fácil quitar sus derechos y garantías, de esas personas o grupos que no se consideran con signos de humanidad. Que se hace con una cucaracha en la cocina se la aplasta, que se hace con un kuka en el gobierno, no hace falta que aclare. El simplismo lógico que utilizan sectores de la población para resolver las diferencias, no tolerar al contrario, quedo a merced de su irritabilidad y de su instinto de muerte, haciendo espectáculo con el contrario en el patíbulo de la plaza pública, para a su vez generar temor y poder frente a una masa que no sabe a quién creer. Y a veces tienen un odio y no saben porque, esa señora que decía que íbamos a hacer Valenzuela y confundía un país con una persona, porque lo había escuchado en alguna parte, o como ese señor que llamaba infectectadura, a las medidas sanitarias tomadas por el ministerio de salud, y después murió por el COVID. Hay algo de sadismo en la simplicidad de identificar la conexión entre los problemas de una sociedad con una persona o grupo, ya que nunca suele ser la raíz del problema, sino solo un chivo expiatorio que sirve políticamente para aglutinar adeptos, que ven en la ira la herramienta para vencer al enemigo. Destruir es más fácil que construir, juzgar es más fácil que entender y ayudar. La falsa noción de una raza superior con derecho a imponerse por la fuerza en el nazismo fue un error filosófico, ético y humano, no elevó a nadie: produjo genocidio, devastación y una herida histórica que todavía sangra. Cada vez que una sociedad decide que hay personas que valen menos por su origen, su color de piel, su nacionalidad, sus ideas, su lengua o su pobreza, no avanza: retrocede. La discriminación no es fortaleza, es miedo organizado. La xenofobia no es identidad, es ignorancia disfrazada de orgullo. Y la desigualdad no es una ley natural: es una construcción política sostenida por discursos que necesitan enemigos para ocultar privilegios. Hoy, cuando los discursos de odio vuelven a ponerse de moda, con ropaje digital, lenguaje simplificado y slogans violentos, conviene recordar algo elemental: ninguna sociedad se volvió más justa persiguiendo al diferente. Nunca. Ni más libre, ni más próspera, ni más segura. La historia es clara y brutal en ese punto. El odio promete orden, pero entrega ruinas. Promete grandeza, pero siembra dolor. La verdadera superación humana no está en dominar al otro, sino en reconocerlo como igual, en tolerar sus diferencias, respetar sus gustos, su vida, su libertad y dignidad. No en excluir, sino en ampliar derechos. No en levantar muros, sino en derribar las jerarquías que deshumanizan. El progreso real no se mide por la fuerza del más poderoso, sino por la dignidad del más vulnerable. Frente a un mundo que grita, discrimina y señala, resistir también es pensar, empatizar y no ceder al veneno del odio. Porque cuando una persona es degradada por lo que es o de dónde viene, no pierde solo ella: pierde toda la sociedad, toda la humanidad.
En la Argentina, los discursos de odio no surgieron por casualidad ni por exceso de pasión política. Surgieron como método. Un método viejo, eficaz y conocido desde la antigüedad: divide y reinarás. Cuando una sociedad se fragmenta, cuando se enfrenta a sí misma, el poder real gobierna con mayor facilidad. No necesita consenso, ni justicia, ni bienestar general: solo necesita enemigos internos. Aquí lo sabemos bien. “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Mientras el pueblo discute entre sí, otros se quedan con la tierra, la renta, el capital y las decisiones estratégicas. Durante años se construyó un relato único: todo lo malo que le pasó a la Argentina fue culpa del kirchnerismo. No hubo matices, ni contexto histórico, ni análisis estructural. Solo una palabra repetida hasta el cansancio: corrupción. Como si esa explicación alcanzara para explicar la pobreza estructural, la deuda externa, la concentración económica, la fuga de capitales o la desigualdad histórica. Ese relato no fue espontáneo. Fue fabricado, amplificado y naturalizado por medios hegemónicos y periodistas que dejaron de informar para militar intereses económicos. No se discutieron modelos de país, ni distribución de la riqueza, ni quiénes se beneficiaban con cada política. Se estigmatizó a un sector político y, por extensión, a millones de argentinos que quedaron reducidos a caricaturas: vagos, chorros, planeros, fanáticos. La estigmatización cumple una función clave: deshumaniza. Cuando un grupo es presentado como el origen de todos los males, deja de ser interlocutor y pasa a ser obstáculo. Y cuando alguien es visto como obstáculo, cualquier ajuste sobre sus derechos parece legítimo. Así se prepara el terreno para el recorte, la represión simbólica y el retroceso social. El simplismo lógico hizo el resto. “Si el país está mal, es culpa de tal gobierno”. Fin del análisis. No se habla de poderes económicos que nunca se votan. No se habla de la tierra concentrada, del capital financiero, de los formadores de precios, de la deuda como mecanismo de dominación. Se reemplaza la complejidad por eslóganes, y el pensamiento crítico por bronca dirigida. El resultado está a la vista. Ganó una derecha que no vino a combatir privilegios, sino a profundizarlos. No ajustó a los poderosos, ajustó a los trabajadores. No liberó a la sociedad, liberó al capital. No trajo progreso social, trajo más pobreza, más desigualdad y más precariedad. Pero para que eso fuera posible, antes hubo que convencer a una parte de la sociedad de que el problema eran otros argentinos. Los discursos de odio no son un exceso del debate democrático: son herramientas de dominación. Sirven para distraer, para fragmentar y para evitar que se hagan las preguntas verdaderamente incómodas. ¿Quién gana cuando se recortan derechos? ¿Quién pierde cuando se achica el Estado? ¿Quién se beneficia cuando la sociedad se pelea consigo misma? Resistir este clima no es negar errores ni idealizar gobiernos. Es rechazar la lógica del enemigo interno, denunciar la manipulación mediática y recuperar la complejidad del pensamiento. Porque una sociedad que acepta explicaciones simples para problemas estructurales termina entregando derechos a cambio de relatos. En tiempos donde el odio cotiza alto y la crueldad se disfraza de sinceridad, pensar sigue siendo un acto de resistencia. Y resistir, hoy, es negarse a odiar al vecino mientras otros se llevan el país.
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