Es la tierra, estúpido.


 


Ya lo pensó Marx: “La forma en que una sociedad produce su vida material condiciona sus ideas, sus leyes y sus instituciones.” “La infraestructura (o base material) determina la superestructura.”¿Qué es la superestructura? La superestructura está formada por: El Estado, las leyes, la justicia, la política, la religión, la moral, la cultura, las ideas dominantes. Es decir:  el conjunto de instituciones y creencias que organizan y legitiman la vida social. No pensamos primero en la sociedad y luego la producimos; producimos de cierta manera y, a partir de eso, pensamos el mundo. ¿Y la conciencia individual? “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino su ser social el que determina su conciencia.” Es decir: La forma en que vivimos, trabajamos y sobrevivimos condiciona cómo pensamos. La libertad de pensamiento existe, pero no en el vacío. Marx reconoce que la superestructura puede reaccionar sobre la infraestructura: Las leyes pueden modificar relaciones económicas, la política puede acelerar o frenar cambios sociales. Las ideas pueden volverse fuerza material cuándo las masas las hacen propias. Pero el punto de partida sigue siendo la base material. En una frase clara la forma en que una sociedad produce su vida material condiciona sus ideas, sus leyes y sus instituciones. Por eso, para Marx, criticar solo las ideas sin cambiar las condiciones materiales suele ser insuficiente. La Infraestructura neoliberal esta compuesta por: Financiarización de la economía, concentración extrema de la riqueza, precarización laboral, privatización de bienes comunes, endeudamiento como forma de disciplinamiento social; para ello necesita una superestructura neoliberal: Estados reducidos pero fuertes para reprimir, leyes que protegen al capital financiero, discursos de “emprendedurismo” y “mérito individual”, estigmatización de la pobreza, naturalización de la desigualdad. Marx sostuvo que la infraestructura, la forma en que una sociedad produce y distribuye su riqueza, condiciona sus leyes, sus instituciones y sus ideas. Aplicado a la Argentina de hoy, esto significa que la concentración económica, la financiarización, el endeudamiento externo y la precarización laboral no son fenómenos aislados, sino la base material sobre la cual se erige un discurso que legitima el ajuste, la exclusión y la desigualdad. No es casual que, en un país con salarios deteriorados y derechos en retroceso, proliferen discursos que exaltan el mérito individual, demonizan la protesta social y estigmatizan a los sectores más vulnerables. Esa superestructura cultural y política cumple una función clara: naturalizar un orden económico que beneficia a pocos y empobrece a muchos. La pobreza deja de ser un problema social para convertirse en una supuesta falla moral del individuo. Max Weber aporta una clave complementaria para entender este proceso; el neoliberalismo no domina sólo a través de la economía, sino también mediante la producción de sentido. Convierte al ciudadano en “emprendedor de sí mismo”, al trabajador en una empresa solitaria y al fracaso social en culpa personal. Así, la desigualdad deja de percibirse como injusticia y pasa a vivirse como destino. En la Argentina, este mecanismo resulta especialmente perverso. Un país con una fuerte tradición de derechos sociales, organización colectiva y movilidad ascendente es interpelado hoy por un discurso que desprecia lo público, ridiculiza la solidaridad y celebra la crueldad como si fuera sinceridad. El ajuste no solo recorta presupuestos: recorta la empatía, la memoria y el lazo social. Frente a una Argentina fragmentada, atravesada por el enojo y el desencanto, recuperar el pensamiento crítico no es un lujo académico: es una necesidad democrática. Porque cuando la injusticia se presenta como normalidad y el odio como virtud, pensar es resistir, y resistir es el primer paso para volver a imaginar un país más justo.


De qué no se habla: la tierra, el capital y el silencio político. En la Argentina se discuten ideas todo el tiempo. Se discute moral, se discuten estilos, se discuten grietas, identidades, gestos, provocaciones y escándalos. Políticos, periodistas e intelectuales debaten sin pausa en los medios y las redes. Pero hay un tema que permanece llamativamente ausente, casi prohibido: la distribución de la tierra, de la renta y del capital. Y no es un olvido inocente. Desde Marx sabemos que la forma en que una sociedad distribuye sus recursos materiales condiciona su manera de pensar. No pensamos en el vacío: pensamos desde un lugar social concreto, desde una posición frente a la propiedad, el trabajo y la riqueza. Sin embargo, el debate público argentino parece invertido: se discuten ideas como si flotaran en el aire, separadas de la estructura material que las produce. La tierra, en particular, es un tema tabú. En un país cuya economía histórica se organizó en torno a la renta agraria, la concentración de la tierra sigue siendo uno de los grandes núcleos de poder. Pocas manos, enormes extensiones, rentas extraordinarias. Pero rara vez se pregunta quién posee la tierra, cómo se obtuvo, qué rol cumple en la desigualdad estructural y por qué su concentración no entra en la agenda cotidiana. Lo mismo ocurre con el capital. Se habla de “mercados”, de “confianza”, de “inversiones”, como si fueran entidades abstractas, casi naturales. Pero no se habla de quiénes concentran el capital, cómo se fugaron riquezas, cómo se construyó la financiarización ni cómo esa acumulación condiciona la política, los medios y el sentido común. En lugar de eso, se nos invita a pelearnos por ideas sueltas, por identidades enfrentadas, por grietas que muchas veces funcionan como cortinas de humo. Se discute si el Estado es grande o chico, si alguien es “populista” o “liberal”, mientras la estructura profunda, la propiedad de la tierra y del capital, permanece intacta y fuera de discusión. Max Weber pensaba que el poder más eficaz no es el que reprime, sino el que define de qué se puede hablar y de qué no. Cuando ciertos temas generan incomodidad, temblor o silencio, no es porque sean irrelevantes, sino porque tocan intereses reales. Hablar de la tierra y del capital no es una discusión abstracta: es poner en cuestión relaciones de dominación concretas. Por eso, quizás, muchos prefieren refugiarse en la discusión de ideas puras. Es más cómodo discutir discursos que discutir estructuras. Más seguro debatir moral que propiedad. Más rentable hablar de la grieta que hablar de quién se queda con la renta. Pero si no se discute la base material, el debate público se vuelve un teatro. Mucho ruido, pocas transformaciones. Y mientras tanto, la desigualdad se naturaliza, el poder se concentra y el pensamiento se domestica. Pensar críticamente hoy, en la Argentina, implica volver a hacer las preguntas incómodas: ¿Quién tiene la tierra? ¿Quién controla el capital? ¿Quién se apropia de la renta? ¿Y por qué casi nadie quiere hablar de eso? Porque ahí, y no en la superficie de las ideas, es donde se juega el verdadero conflicto social. ​​En la Argentina de hoy, la palabra libertad se repite como un mantra. Se la invoca para justificar recortes, despidos, ajustes brutales y el desmantelamiento del Estado. Se promete que, con una “motosierra”, la economía va a mejorar y que el sacrificio presente traerá prosperidad futura. Sin embargo, la experiencia concreta muestra lo contrario: más desigualdad, más pobreza y menos horizonte colectivo. ¿Por qué ocurre esto? Porque no toda libertad es la misma. El discurso neoliberal confunde , deliberadamente,  la libertad del capital con la libertad de las personas. Cuando se habla de liberar mercados, desregular precios o achicar el Estado, en realidad se está ampliando la libertad de quienes ya tienen poder económico, mientras se reduce la libertad real de quienes dependen del salario, del trabajo y de los derechos sociales para vivir. Desde una perspectiva marxista, esto no es un error de cálculo, sino una consecuencia lógica. Cuando se desmantelan políticas públicas, se recortan derechos laborales y se transfieren recursos al capital concentrado, la infraestructura económica se reorganiza a favor de unos pocos. Y esa reorganización material produce una sociedad más desigual, aunque se la vista con un lenguaje épico de libertad. La “motosierra” no corta privilegios estructurales: corta la red que sostiene a la mayoría. No avanza sobre la renta financiera, la concentración de la tierra o la fuga de capitales; avanza sobre jubilaciones, salarios, salud, educación y ciencia. El resultado no es un mercado más justo, sino una sociedad más frágil y asimétrica, donde la libertad se vuelve un privilegio de clase. Max Weber ayuda a entender por qué este discurso logra consenso social. El neoliberalismo no solo ajusta la economía: produce sentido. Instala la idea de que el Estado es el problema, que lo colectivo es ineficiente y que cada individuo debe salvarse solo. Así, el sufrimiento social se resignifica como sacrificio necesario, y la desigualdad como consecuencia natural del mérito o el esfuerzo. En ese marco, la sociedad cree que la motosierra va a mejorar la economía porque se le ha enseñado a desconfiar de lo público y a idealizar al mercado como un árbitro neutral. Pero el mercado nunca es neutral: refleja relaciones de poder preexistentes. Cuando se lo “libera” en una sociedad desigual, no genera igualdad de oportunidades, sino que profundiza las desigualdades existentes. La verdadera libertad no consiste en abandonar a los individuos a su suerte, sino en garantizar condiciones materiales mínimas para que puedan elegir. Sin educación, sin salud, sin trabajo digno y sin protección social, la libertad es solo una palabra vacía. Se puede ser formalmente libre y, al mismo tiempo, materialmente esclavo de la necesidad. Por eso, cada vez que se promete libertad a fuerza de recortes, conviene preguntarse: ¿libertad para quién? ¿y a costa de qué? La historia argentina y mundial muestra que no hay progreso social sin algún grado de igualdad, y que no hay igualdad posible cuando el Estado renuncia a intervenir sobre la distribución de la riqueza. La motosierra podrá ser un símbolo eficaz para el enojo, pero no construye futuro. El progreso real no se logra destruyendo lo común, sino democratizando el acceso a la tierra, a la renta, al capital y a los derechos. Todo lo demás es retórica que suena fuerte, pero corta siempre del mismo lado.

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