La narrativa que nos enferma o nos cura: del cuerpo a la política
La narrativa que nos enferma o nos cura: del cuerpo a la política
Hay un dato incómodo que la medicina viene confirmando desde hace décadas: una pastilla de azúcar puede curar, y una advertencia puede enfermar. No por magia, sino porque el cerebro no responde a la sustancia que ingerimos, responde a la historia que se cuenta sobre esa sustancia. Eso es el efecto placebo. Y su hermano oscuro, el efecto nocebo, funciona igual pero al revés: basta con creer que algo nos va a hacer daño para que el cuerpo empiece a producir los síntomas de ese daño, aunque el estímulo real sea inofensivo.
Lo interesante no es el mecanismo bioquímico en sí —dopamina, expectativa, condicionamiento— sino lo que ese mecanismo revela sobre cómo estamos hechos: no procesamos la realidad, procesamos la interpretación de la realidad. El hecho llega después. Primero llega el marco.
El cuerpo como laboratorio de lo que ya sabíamos
Que la mente module la biología no debería sorprendernos tanto si aceptamos algo más incómodo todavía: que lo mismo pasa con cualquier otro terreno donde haya humanos interpretando eventos. Un dato económico, una medida de gobierno, una frase de un dirigente, un choque entre dos países: nada de eso llega a nosotros "en crudo". Llega ya narrado. Y la narración —no el hecho— es lo que produce el efecto en el cuerpo social, tal como la expectativa produce el efecto en el cuerpo biológico.
Las redes sociales funcionan, en este sentido, como un generador industrial de placebos y nocebos colectivos. El mismo hecho objetivo puede administrarse como cura o como veneno según quién lo empaquete, qué palabras use, qué emoción active primero. No hace falta mentir para lograrlo: alcanza con elegir el encuadre. Un aumento de precios puede presentarse como "ajuste necesario" o como "saqueo"; una negociación puede ser "diálogo" o "entrega"; una protesta puede ser "pueblo en la calle" o "caos organizado". El evento no cambia. Cambia la dosis narrativa que se administra sobre él, y el cuerpo político reacciona en consecuencia: con euforia o con pánico, con confianza o con síntomas de rechazo.
El ser como interpretación, no como dato
Esto empalma con una vieja intuición filosófica, que va de la fenomenología a cierto constructivismo: no existe un "hecho puro" al que después le agregamos significado como si fuera un condimento opcional. El significado es constitutivo del hecho tal como lo vivimos. No es que primero ocurre algo y después lo interpretamos: la interpretación es la forma en que ese algo llega a existir para nosotros como experiencia.
Trasladado a lo político, esto tiene una consecuencia incómoda para cualquiera que crea tener "la verdad de los hechos" de su lado: los hechos no discuten con las narrativas en igualdad de condiciones, porque los hechos necesitan de una narrativa para volverse legibles. Quien controla el encuadre no está "distorsionando" una realidad neutral preexistente: está decidiendo qué realidad va a estar disponible para ser vivida por los demás. Ahí está el verdadero poder de las redes: no en decir mentiras, sino en administrar el placebo o el nocebo narrativo que va a determinar cómo un mismo cuerpo social metaboliza el mismo evento.
Sin ingenuidad ni cinismo
Esto no equivale a decir que "todo es relativo" o que los hechos no importan. Sería un salto igual de ingenuo que el opuesto. Lo que dice el paralelismo con el placebo es más preciso y más incómodo: los hechos importan, pero no operan solos; operan mediados por la expectativa con la que los recibimos, y esa expectativa se puede fabricar, se puede vender, se puede viralizar.
La pregunta que deja este paralelismo no es "¿cómo accedo al hecho puro, libre de narrativa?" —esa pureza no existe ni en el cuerpo ni en la política—, sino una más entrenable: ¿qué tan consciente soy de la narrativa que estoy recibiendo antes de dejar que mi cuerpo, o mi humor, o mi voto, reaccionen como si fuera el hecho mismo? Entre el estímulo y la reacción hay una historia que alguien contó. La salud —biológica y también, quizás, cívica— empieza por notar esa historia antes de tragarla.
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