La violencia como metáfora: ciclos de poder y deseo de dominación
Rita Segato, antropóloga y pensadora feminista, propone una lectura inquietante de la violación: más que un acto puramente sexual, es una metáfora de un poder que busca perpetuarse. Según su análisis, la agresión sexual no es un fin en sí mismo sino la puesta en escena de una fantasía: la tentativa de regresar a una experiencia de dominio original que nunca puede consumarse. La aparente “saciedad” del acto se revela como un espejismo que exige repetición, una ciclicidad que define su esencia.
Este ciclo encuentra afinidad con sociedades de consumo extremo, donde la satisfacción fugaz se convierte en un hábito. Igual que el mercado genera deseo incesante, el agresor persigue una plenitud que se le escapa. Pero en el momento mismo en que destruye a la víctima como sujeto, su propio poder se desvanece: la identidad del agresor dependía de esa alteridad. Así, el abuso implosiona con la desaparición de su razón de ser, ofreciendo un alivio apenas momentáneo.
Segato amplía el análisis más allá de la violencia física para hablar de violencia psicológica, una forma cotidiana, silenciosa y muchas veces invisible de dominación. Ridiculización, coacción moral, sospecha, intimidación: gestos y miradas que no dejan marcas visibles pero que erosionan la subjetividad de las mujeres. Maridos, padres, colegas o jefes pueden ejercerla sin pronunciar una sola palabra, y precisamente por su discreción resulta tan eficaz como corrosiva.
En el trasfondo, late una verdad más amplia: el poder es frágil y debe reafirmarse a diario. Lo que se conquistó, advierte Segato, requiere una reconquista constante. En sociedades jerárquicas, donde el estatus se protege como un botín, la agresión se vuelve rutina, incluso cuando se disfraza de normalidad.
De allí la importancia de la ley y su dimensión simbólica. Las reformas legales no solo sancionan conductas: moldean costumbres, interpelan prejuicios, amplían el vocabulario social que permite nombrar las violencias. En un mundo donde la dominación se recicla en gestos y estructuras, la palabra jurídica actúa como una herramienta lenta pero indispensable de transformación.
Segato nos invita, en suma, a reconocer que la violencia —sexual, psicológica, simbólica— no es un accidente ni un residuo de barbarie, sino una pieza central del orden que habitamos. Comprender su lógica cíclica y su necesidad de reafirmación es un primer paso para desarmarla.
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