El instinto de vida
Todos tendemos al instinto de la vida, por eso comemos, trabajamos, conformamos una familia, además de la tendencia a reproducirnos para mejorar la especie. Tantos años de escasez sobreviviendo por la pradera nos hicieron desconfiados, y recordamos más las cosas negativas que las positivas. Por eso la carrera por acumular se vuelve parte del instinto de conservación de la especie, y obtener poder es uno de los caminos para asegurar lo obtenido. Pero esto en la economía actual, con fondos de inversión poderosos, corporaciones transnacionales, sociedades anónimas y monopolios, le juega en contra al propio instinto de conservación. Porque como somos animales gregarios, somos felices compartiendo con los demás para ello vivimos en comunidades, y que en esas comunidades pocos acumulen mucho, y la mayoría tenga que vivir en la pobreza se vuelve una sociedad enferma y patológica. Pero el problema aparece cuando ese impulso, que en origen era adaptativo, se traslada sin límites a una economía global donde ya no hay escasez absoluta, sino distribución profundamente desigual. Lo que antes garantizaba la supervivencia, hoy amenaza la vida colectiva. Joseph Stiglitz ha demostrado que la desigualdad actual no es un accidente, sino el resultado de reglas económicas diseñadas para beneficiar a una minoría. En muchas economías desarrolladas, el 1% más rico concentra más del 30-40% de la riqueza total. El crecimiento económico de las últimas décadas ha beneficiado desproporcionadamente a los sectores más altos. La movilidad social se ha reducido: nacer pobre hoy aumenta las probabilidades de morir pobre. Stiglitz insiste que la desigualdad excesiva debilita la economía, erosiona la democracia y fragmenta la sociedad. No es solo una cuestión moral, sino funcional: una sociedad muy desigual funciona peor para todos. Los informes de Oxfam son todavía más impactantes: El 1% más rico del mundo posee casi la mitad de la riqueza global. En algunos reportes recientes: un puñado de multimillonarios posee más riqueza que miles de millones de personas juntas. Durante crisis globales (como la pandemia), mientras millones caían en la pobreza, las grandes fortunas aumentaron de forma récord; la desigualdad no solo persiste, se acelera. Somos seres gregarios, necesitamos comunidad, reconocimiento, pertenencia; cuando la estructura social rompe ese equilibrio y genera una distancia extrema entre pocos que concentran y muchos que carecen, aparecen múltiples formas de violencia: pobreza estructural, falta de acceso a salud, educación, vivienda, precarización laboral. Violencia simbólica naturalizando la desigualdad con discursos que culpabilizan al pobre, exaltando la meritocracia como justificación del privilegio. Violencia subjetiva: frustración, angustia, sensación de exclusión, pérdida de sentido. Violencia social directa: aumento del delito, conflictos sociales, estigmatización y represión. La acumulación extrema, que busca garantizar seguridad, termina generando inseguridad colectiva, Porque:, rompe los lazos sociales, destruye la confianza, debilita las instituciones, genera sociedades fragmentadas, y una sociedad fragmentada es una sociedad más violenta, más inestable y, en última instancia, menos habitable para todos, incluso para quienes concentran el poder. Cuando pocos tienen todo y muchos casi nada, no estamos ante una “diferencia natural”, sino ante una patología social. No es solo desigualdad: es ruptura del pacto social, es pérdida del sentido de comunidad, es debilitamiento del futuro colectivo. Como advierten tanto Joseph Stiglitz como Oxfam, si no se corrige esta tendencia, el resultado no es solo injusticia, sino inestabilidad estructural. Si el instinto más profundo es sostener la vida, entonces el desafío es claro: construir sistemas donde la acumulación no destruya la comunidad, donde el poder no se concentre al punto de romper el tejido social, donde el desarrollo sea compartido. Porque ninguna especie sobrevive destruyendo su propio entorno. Y una sociedad que naturaliza la desigualdad extrema termina atentando contra sí misma.
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